El instante eterno

"Aquí y ahora". Lo repetimos como un mantra, una simple fórmula lingüística para anclarnos. En un mundo cibernético acelerado, donde la comunicación fluye a la velocidad de la luz, necesitamos estas palabras más que nunca. Son nuestro refugio. Pero, ¿realmente entendemos lo que significan?

A menudo vivimos atrapados en dos ilusiones temporales. El pasado no es más que un rastro de fantasmas que nos persiguen, memorias que ya no existen salvo en nuestra reconstrucción mental. El futuro es una niebla de incertidumbre, una proyección de miedos y deseos sobre lo desconocido. Entre ambos, se nos escapa la única realidad tangible: la maravilla de sentir la vida ocurriendo.

Cuando logramos silenciar el ruido mental, cuando olvidamos ese factor artificial llamado "tiempo", algo extraordinario sucede. El presente deja de ser un punto fugaz entre el ayer y el mañana para revelarse como un instante eterno. No es una eternidad de duración infinita, sino de profundidad absoluta. En ese espacio, las palabras pierden su sentido habitual; ya no hay "antes" ni "después", solo ser.

El tiempo, al fin y al cabo, es solo un concepto útil para organizar el mundo material, una abstracción que hemos superpuesto a la realidad directa. Al aferrarnos al reloj, perdemos el auténtico sabor del momento. El pasado se ha ido. El futuro aún no llega. Y el presente... el presente no permanece, fluye.

Esto nos lleva a la pregunta esencial, la que reside en el silencio tras las palabras: Si no hay una mente anclada en el pasado, ni proyectada en el futuro, ni siquiera detenida en un presente estático... ¿qué mente es la que observa? ¿Quién es el testigo de este fluir?

No busques la respuesta en el pensamiento. Búscala en el espacio que queda cuando el pensamiento se detiene. Ahí, en ese silencio vigilante, está todo.

Gasshô en el Dharma.

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