Más allá del ateísmo: la jerarquía cósmica de los Devas y su limitación kármica
Cuando se pregunta a un occidental si el budismo es una religión atea, la respuesta suele ser un rotundo "sí". Sin embargo, esta afirmación es una simplificación que oculta una cosmología fascinante. El budismo no niega la existencia de divinidades; de hecho, sus textos están poblados de Devas, espíritus, guardianes y seres de luz de inmenso poder. Lo que el budismo sí niega es la existencia de un Creador Supremo eterno e incambiable.
Para el Buda, los dioses no son los arquitectos del universo ni los jueces finales de nuestras almas. Son, simplemente, otros habitantes del Samsara, atrapados en la rueda de nacimientos y muertes, aunque disfruten de vidas mucho más largas y placenteras que las nuestras.
En la cosmología budista, los Devas habitan en los "Reinos Celestiales". Han llegado allí gracias a un karma extremadamente positivo acumulado en vidas pasadas: generosidad, ética y meditación. Viven en palacios de joyas, no conocen la enfermedad y su vida puede durar eones. Sin embargo, su existencia tiene tres grandes trampas:
Esta es una distinción crucial. Un Arhat (un ser liberado) puede haber sido un humano humilde, incluso de casta baja, pero al haber extinguido las causas del renacimiento, es espiritualmente superior a cualquier Deva. Mientras el dios sigue siendo un prisionero de lujo en la cárcel del Samsara, el Arhat ha roto los barrotes y es libre. Por eso, en los Sutras, vemos a menudo a grandes Devas inclinándose ante monjes humanos para pedir consejo.
En el budismo popular, especialmente en tradiciones como la tibetana o la japonesa, es común ver rituales dirigidos a deidades protectoras (Dharmapalas) o figuras como Tara o Avalokiteshvara. ¿Contradice esto la idea de que no hay salvadores externos?
No necesariamente. En el contexto filosófico profundo, estas deidades se entienden de dos formas:
Sakka, el rey de los Devas, aparece frecuentemente en los textos pali. A pesar de su poder, a menudo acude al Buda confundido o asustado por señales de decadencia en su reino. Estas historias humanizan a los dioses y nos recuerdan que el estatus divino no equivale a la sabiduría. La verdadera "divinidad" en el budismo es la claridad mental, no el poder mágico.
Desmitificar a los dioses en el budismo nos devuelve la responsabilidad. No podemos rezar para que un ser celestial borre nuestro karma negativo o nos conceda la iluminación. Los dioses pueden ser compañeros de viaje o fuentes de inspiración, pero la llave de la liberación solo la forjamos nosotros a través de la ética, la meditación y la comprensión de la realidad.
En última instancia, el budismo nos invita a dejar de mirar hacia arriba buscando salvación y a mirar hacia dentro, donde reside el potencial de un Buda, mucho más vasto y libre que cualquier trono celestial.