Memorias de los primeros días del Chan
A veces, las instituciones más grandes y respetadas tienen los orígenes más humildes. El Chan Meditation Center en Queens, Nueva York, es hoy un faro de práctica budista reconocido mundialmente, pero hace treinta años era simplemente un apartamento modesto en la avenida Corona. Para quienes vivieron aquellos primeros días, como Nancy Bonardi, esos recuerdos son un "dulce recuerdo" (Recuerdo Dulce) que mezcla la nostalgia con la profunda gratitud hacia su maestro, el venerable Sheng Yen.
En 1980, el centro ocupaba apenas tres habitaciones. No había grandes salas de meditación ni complejos sistemas de sonido. Había azulejos de linóleo cubiertos por una gran alfombra azul que se enrollaba o desenrollaba según si había retiros o conferencias abiertas. En ese espacio reducido, un pequeño grupo de buscadores encontró algo inmenso: la posibilidad de detenerse, respirar y mirar hacia dentro.
El Maestro Sheng Yen, cariñosamente llamado Shifu (Maestro Padre), era el corazón de aquel incipiente centro. Su enseñanza no era teórica ni distante; era visceral y directa. Nancy recuerda cómo Shifu dirigía los retiros con una mezcla de severidad y paciencia infinita. Caminaba alrededor de los practicantes, observando cada postura, cada respiración.
En aquellos primeros años, su método podía parecer duro. Durante los retiros intensivos, sostenía una varilla de incienso con forma de espada y preguntaba repetidamente: "¿Qué es esto?". Ante el silencio o las respuestas débiles de los estudiantes, instaba a "trabajar duro". Pero esa dureza no era crueldad; era la precisión de un cirujano espiritual. Shifu entendía que para sanar la mente, primero hay que llegar a las capas más profundas, aunque eso implique romper estructuras antiguas.
La metáfora que usaba Shifu para describir su labor es reveladora: se veía a sí mismo como un obrero que abre zanjas en la calle para reparar las tuberías subterráneas. Del mismo modo, él ayudaba a sus estudiantes a excavar en sus propias mentes, removiendo el lodo acumulado para permitir que fluyera la claridad original. Una vez hecha la reparación profunda, aplicaba el bálsamo de la gratitud y los votos.
Con el tiempo, esa intensidad inicial dio paso a una atmósfera más relajada, sin perder la profundidad. Shifu comenzó a decir a sus alumnos: "Relájate. Es como si estuvieras de vacaciones Chan". Esta frase, que al principio sorprendió a muchos, encapsulaba la esencia de su enseñanza madura: mantener el cuerpo y la mente relajados, naturales y claros. No se trataba de luchar contra la mente, sino de dejarla asentarse como el agua turbia que se aclara por sí sola cuando se deja en reposo.
Las fotos de aquellos primeros días, ahora ampliadas y colgadas en las paredes del actual centro en la avenida Corona, muestran a un Shifu más joven, robusto y lleno de energía, rodeado de un puñado de personas. Esas imágenes no son solo documentos históricos; son testimonios de la semilla plantada. Muestran la rotación de monásticos que fueron el fundamento del centro, las sonrisas generosas de los voluntarios y la presencia constante del Maestro.
Lo que comenzó con clases de inglés y meditación los sábados por la mañana en el Bronx, y luego en un apartamento en Queens, creció hasta convertirse en una institución global. La Dharma Drum Mountain Buddhist Association (DDMBA) es hoy una red internacional, pero su espíritu sigue siendo el de aquel pequeño grupo que aprendía a contar la respiración y a observar los siete estados de la mente.
Nancy Bonardi, quien ha sido miembro del centro durante treinta años, describe cómo esos recuerdos "siembran el presente". Cada nueva generación de practicantes que entra por las puertas del centro hereda no solo las enseñanzas, sino también la energía de aquellos primeros esfuerzos. La disciplina, la sinceridad y la dedicación de Shifu se han convertido en el ADN de la comunidad.
Hoy, cuando uno visita el centro moderno, puede sentir el eco de aquellos días. La última foto de la serie histórica muestra a Shifu ya mayor, sosteniendo su pincel de caligrafía, con la mirada concentrada y suave. Esa imagen resume su vida: intensa en la práctica, suave en la compasión. Los cimientos de calma que él construyó en un modesto apartamento siguen sosteniendo a miles de personas en su búsqueda de paz interior.
Recordar los inicios no es solo un ejercicio de nostalgia, es una forma de honrar la raíz. En un mundo que cambia vertiginosamente, saber que la sabiduría y la compasión pueden florecer incluso en los espacios más pequeños y ordinarios es un mensaje poderoso. El "Recuerdo Dulce" de Nancy nos invita a valorar no solo el destino final de nuestra práctica, sino también el camino recorrido, las manos que nos guiaron y los humildes comienzos desde donde todo surgió.