Dos caras de la misma moneda
A menudo vivimos con la sensación de que no tenemos control sobre nuestras vidas, sintiéndonos inseguros y sin un lugar al que acudir. Sin embargo, desde la perspectiva budista, es posible transformar esta percepción en una actitud llena de belleza, amor y significado. La clave reside en comprender que la vida humana es una oportunidad extraordinariamente valiosa, difícil de obtener, pero esencial para practicar el Dharma y alcanzar la liberación.
El Maestro Sheng Yen nos invita a dejar de ver la vida como una carga o el cuerpo como algo negativo. Al contrario, sin esta forma humana, sería imposible generar los votos del bodhisattva o alcanzar la Budeidad. Por ello, tratar la vida con dignidad significa reconocer su valor intrínseco y utilizarla para cumplir con nuestras responsabilidades kármicas y nuestros votos pasados.
Una de las enseñanzas más liberadoras es entender que vivir y morir no son procesos separados, sino íntimamente relacionados, como las dos caras de una misma moneda. Si nacemos, moriremos; es una ley natural. Cuando comprendemos que son partes inseparables de un mismo proceso continuo, dejamos de aferrarnos desesperadamente a la vida o de temer patológicamente a la muerte.
La dignidad en la vida surge de tres pilares fundamentales:
Desde la visión budista, nuestro origen se extiende hacia un pasado sin principio y nuestro destino continúa hacia un futuro sin fin, hasta alcanzar la Budeidad. Nuestra vida actual es solo un segmento de este viaje ilimitado. Como un turista que visita Nueva York hoy y Washington mañana, nuestra presencia en este "lugar" (esta vida) es temporal, pero el viaje total continúa. Esta perspectiva nos consuela: la muerte no es el final, sino el comienzo de otro segmento.
Para profundizar en esta comprensión, el Budismo describe tres niveles de surgimiento condicionado (origen dependiente):
Sin embargo, mientras permanezcamos en este ciclo segmentado, no hemos beneficiado plenamente de estas vidas preciosas. El objetivo superior es lograr el "nacimiento y muerte transformacional", propio de los sabios (bodhisattvas y arhats), cuya compasión y sabiduría maduran vida tras vida, trascendiendo finalmente el samsara para alcanzar el gran Nirvana.
Hasta que alcancemos ese estado de sabiduría, ¿cómo podemos enfrentar la muerte con dignidad? La respuesta radica en la aceptación plena. Debemos aceptar esta vida rara y preciosa que tenemos ahora, y cuando la muerte sea inminente, aceptarla con ecuanimidad, si no con alegría.
El Maestro Sheng Yen aconseja a quienes están en su lecho de muerte: "No esperes la muerte ni la temas. Mientras tengas un minuto más, úsalo para practicar". No debemos sentir aversión por la vida ni desear ansiosamente la muerte. Aferrarse a la vida no funciona cuando llega el momento.
El estado mental al morir es crucial. Si mantenemos una mente clara, libre de resentimiento, arrepentimiento, ira u orgullo, podemos aceptar el futuro con valentía. Debemos estar agradecidos por el regalo de la vida, independientemente de nuestro karma bueno o malo. "Lo pasado, pasado está". Pensar hacia un futuro brillante aumenta la probabilidad de un renacimiento favorable donde podamos continuar practicando.
Si una persona moribunda no puede mantener la claridad mental, entra en coma o está inconsciente, el apoyo de familiares y amigos es vital. Mediante la recitación del nombre del Buda, mantras o meditación en un ambiente tranquilo, podemos usar el poder de la fe y la concentración para guiar la mente del moribundo lejos del miedo y hacia la seguridad. Esta práctica, realizada con devoción, puede ayudar enormemente a la persona a moverse hacia la iluminación.
Vivir y morir con dignidad no requiere poderes sobrenaturales, sino una transformación de nuestra percepción. Al ver la vida como una oportunidad para servir y la muerte como una transición natural dentro de un proceso infinito, encontramos paz. Como dice el dicho chino, muchos viven y mueren como en un sueño. Elevemos la calidad de nuestra vida aclarando nuestra mente, para que cuando llegue el momento, podamos despedirnos con gratitud, sin ataduras, listos para el siguiente paso del viaje.