Cuando la comprensión te hace arrogante
En el prefacio de Dropping Ashes on the Buddha, el maestro Seung Sahn plantea un problema intrigante para sus estudiantes: Imagina que alguien entra al centro Zen con un cigarrillo encendido, se acerca a la estatua de Buda, le sopla humo en la cara y deja caer las cenizas en su regazo. ¿Qué harías tú?
Esta persona ha entendido parcialmente que nada es sagrado ni profano. Para él, todo es uno: las cenizas son Buda, Buda es cenizas. Por lo tanto, todo está permitido. Pero su comprensión es solo parcial. Está muy apegado a la vacuidad y a su propia comprensión intelectual. Cree que todas las palabras son inútiles y que la realidad trasciende las formas. Sin embargo, esta actitud revela una trampa sutil pero peligrosa en la práctica espiritual: la "enfermedad de la vacuidad".
Es común encontrar en ciertos círculos espirituales occidentales una interpretación distorsionada de la no-dualidad. Se utiliza la idea de que "todo es uno" o "todo es ilusión" como una licencia para comportarse de manera irrespetuosa, caótica o incluso destructiva. "¿Por qué debo seguir las reglas si las reglas son construcciones mentales?", argumentan. "¿Por qué debo respetar a Buda si Buda no existe?".
Seung Sahn señala que este hombre sufre de una visión equivocada. Ha comprendido que la forma es vacuidad, pero ha olvidado que la vacuidad es forma. Al quedarse atrapado en la negación de las formas, pierde la capacidad de interactuar con la realidad tal como es. Su acción no es un acto de libertad genuina, sino una reacción basada en el apego a una idea intelectual. Es fuerte, terco y difícil de enseñar porque cree que ya lo sabe todo.
La verdadera iluminación no niega el mundo relativo. Como dice el Sutra del Corazón, "la forma es vacuidad, la vacuidad es forma". Esto significa que debemos reconocer la naturaleza interdependiente y vacía de todos los fenómenos, pero también debemos honrar su función relativa. El agua es H2O (vacuidad/química), pero también sacia la sed (forma/función). Ignorar la función por aferrarse a la esencia es un error grave. En el Zen, decimos: "Las cosas son tal como son". Las cenizas son cenizas; Buda es Buda. Respetar esta distinción no es dualismo, es claridad.
La verdadera libertad no es hacer lo que uno quiere ignorando las consecuencias o las normas sociales. La verdadera libertad es actuar de manera apropiada en cada momento, sin apego. A veces, eso significa romper una regla para salvar una vida (como en la historia del Bodhisattva que miente para proteger a un animal). Pero otras veces, significa respetar profundamente la etiqueta, la cortesía y los símbolos, porque eso es lo que la situación requiere.
Si ves a alguien tirando basura en un parque sagrado, no le dices "la basura es Buda, déjala ahí". Limpias la basura, no porque estés apegado a la limpieza, sino porque esa es la acción correcta en ese contexto. La mente clara refleja la realidad: si hay suciedad, la limpia; si hay respeto, lo muestra. No hay juicio, solo respuesta adecuada.
Muchas personas adoptan una postura de "rebeldía espiritual" como mecanismo de defensa del ego. Al declarar que "nada importa", evitan el trabajo duro de la disciplina, la humildad y la compasión activa. Seung Sahn advierte que este tipo de entendimiento es como tener una espada sin empuñadura: puedes cortarte a ti mismo. Sin la base de la ética (sila) y la concentración (samadhi), la sabiduría (prajna) se convierte en arrogancia intelectual.
En el budismo, se habla de dos tipos de apego: el apego a la forma y el apego a la vacuidad. El primero nos ata al mundo material; el segundo nos atrapa en el nihilismo o la indiferencia fría. Curar la enfermedad de la vacuidad requiere volver al mundo de las formas con ojos nuevos. No para negarlas, sino para bailar con ellas. Como decía el maestro: "Lo santo es santo; lo profano es profano". Reconocer la santidad de un templo no contradice su vacuidad intrínseca; la complementa.
¿Cómo aplicamos esto en nuestra vida diaria, lejos de los templos?
El hombre que echa cenizas sobre el Buda cree estar demostrando su superioridad espiritual. Pero en realidad, está demostrando su inmadurez. El verdadero maestro no necesita probar nada. Puede inclinarse ante la estatua con profunda reverencia, sabiendo perfectamente que es solo madera y oro, porque esa reverencia es un regalo para su propia mente y para quienes lo observan.
La iluminación no nos convierte en superhombres que están por encima de las normas humanas. Nos convierte en seres humanos completos, capaces de ver la santidad en lo ordinario y la ordinariez en lo sagrado, sin perder nunca el equilibrio. Como dijo Seung Sahn: "La primavera llega, la hierba crece por sí misma". La hierba crece por sí misma, sin pretensiones, sin arrogancia, simplemente siendo lo que es.