A menudo escuchamos que todo está en la mente. Que fuera de nuestra conciencia, nada tiene existencia propia. Pero, ¿qué significa esto realmente en el tejido de nuestra vida diaria? No se trata de negar el mundo, sino de reconocer cómo lo construimos.
Nuestra mente es una máquina incansable de crear distinciones. Ante la experiencia viva, fresca e inmediata, ella interviene rápidamente para etiquetar, clasificar y encasillar. Toma el flujo dinámico de la realidad y lo congela en conceptos estáticos. Creamos abstracciones y, poco a poco, cometemos el error de confundir esas abstracciones con la realidad misma. Perdemos el contacto directo con lo que es, para relacionarnos solo con lo que pensamos que es.
Piensa en un árbol. Para la mayoría, el "árbol" no es la presencia majestuosa de tronco, hojas y raíces bailando con el viento; es simplemente la idea mental de "árbol". Lo hemos cubierto con capas de conocimiento botánico, utilitario o estético. Hemos puesto un nombre sobre la cosa, y en ese acto, la cosa desaparece detrás del nombre. Ya no vemos; reconocemos. Y al reconocer, dejamos de percibir.
¿Dónde queda entonces la verdad? Solemos decir que "dentro". Buscamos esa esencia en nuestro interior. Pero incluso aquí, la mente juega sus trucos. Nos hacemos la ilusión de haber capturado ese "yo" interno, de haberlo definido. Pero si buscamos con honestidad, ¿dónde está ese "dentro"? Si nos diseccionamos, no encontraremos un alma tangible, ni un núcleo fijo. El "interior" es también un concepto, una dirección útil pero vacía de sustancia propia. Cuanto más intentamos aferrarnos a una definición de quiénes somos, más se nos escapa la realidad de lo que somos.
Sin embargo, hay algo que permanece. Algo sin forma, sin bordes, que no puede ser etiquetado. Llamémosle, por comodidad, "Grettel". Sabemos que al ponerle un nombre ya estamos limitando lo ilimitado, pero usemos este nombre como un dedo señalando la luna, no como la luna misma.
Cuando profundizamos en esa presencia silenciosa, en ese espacio anterior al pensamiento, notamos algo revelador: allí no hay géneros. No hay masculino ni femenino. No hay orientaciones sexuales. Estas son ropas que viste el cuerpo, roles que interpreta la personalidad, formas temporales. Pero en la esencia más íntima del ser, en esa claridad consciente que todos compartimos, no existe tal división. Nuestra naturaleza fundamental es libre de estas categorías.
Esto nos lleva a reflexionar sobre el amor y la pareja. ¿Qué es realmente unir nuestras vidas? Si lo miramos desde la superficie, vemos dos cuerpos, dos historias, dos géneros interactuando. Pero si miramos desde la esencia, vemos algo mucho más profundo: el encuentro de dos conciencias. La fusión de dos presencias que se reconocen mutuamente más allá de la forma.
Grettel puede amar a una mujer. Otra persona puede amar a un hombre. Otra, a nadie en particular. Desde la perspectiva de la forma, estas son diferencias importantes. Pero desde la perspectiva del espíritu, del corazón abierto, lo que ocurre es siempre lo mismo: una esencia reconociéndose en otra. Un darse y un recibir que trasciende el cuerpo.
Catalogar a Grettel, o a cualquiera, basándonos únicamente en su orientación sexual, es perderse en la superficie. Es como juzgar un libro por su cubierta ignorando la historia que contiene. El amor verdadero, ese que nutre y libera, nace de esa capa profunda donde las etiquetas se disuelven. Allí, el amor es simplemente amor. La conexión es simplemente conexión. Y en ese espacio sagrado, no hay juicio, solo la celebración de la vida compartida.
No se trata de justificar nada, pues nada necesita justificación cuando es auténtico. Se trata simplemente de ver. De limpiar el espejo de la mente para que pueda reflejar la realidad tal como es: vasta, misteriosa y libre de las cajas en las que intentamos meterla.