Cuando el combate se convierte en medicina y el cuerpo en templo
A menudo miramos hacia China y el Templo Shaolin como la cuna de las artes marciales orientales. Sin embargo, si viajamos más al sur, a las densas selvas de Kerala en la India, encontramos algo aún más antiguo: el Kalaripayattu. Su nombre proviene de Kalari (campo de batalla o gimnasio) y Payattu (práctica o combate).
No es solo un sistema de lucha; es una ciencia completa. A diferencia de otras disciplinas que comienzan enseñando a golpear, el Kalaripayattu empieza por dentro. El estudiante debe aprender primero a controlar su respiración, a flexibilizar sus tendones mediante el yoga y a recibir masajes con aceites medicinales ayurvédicos para despertar la energía vital (Prana).
Existe una fascinante línea histórica que conecta este arte indio con el budismo Chan. Se cree que Bodhidharma (el monje legendario que fundó el Zen en Shaolin), antes de llegar a China, pudo haber estudiado o conocido estas prácticas del sur de la India. Así, el Kalaripayattu podría ser el "abuelo" silencioso del Kung Fu Shaolin, llevando consigo la semilla de la unión entre mente, espíritu y puño.
Lo que más sorprende al observador occidental es la estética del Kalaripayattu. Sus movimientos son amplios, circulares y increíblemente fluidos. Parece una danza ritual antes que una pelea. El practicante salta, gira y cae con una gracia felina, imitando a los ocho animales sagrados: el elefante, el león, el caballo, el jabalí, la serpiente, el gallo, el gato y el pez.
Al igual que en nuestra fábula del Cuenco Vacío, el Kalaripayattu nos enseña que la fuerza bruta es inútil sin vacíos de tensión. El guerrero debe estar "vacío" de miedo y de ego para reflejar el movimiento del oponente y responder con la precisión de un eco. No ataca por ira, sino por necesidad, manteniendo siempre la compostura del yogui.
"En la quietud del Kalari, el guerrero encuentra la paz que lleva consigo a la batalla."