El pez, el gato y la relatividad del bien

En las montañas sagradas, donde la niebla se enreda entre los pinos antiguos y la nieve corona las cimas incluso en primavera, se alza el monasterio de Shaolin. No es solo un lugar de piedra y madera; es un respiro en el mundo, un espacio donde el tiempo parece detenerse para dejar pasar la eternidad. Los guardianes de este santuario no son siempre guerreros de puño férreo; a menudo, son enormes gatos silenciosos que patrullan los tejados y los jardines con la dignidad de quienes saben que son los verdaderos dueños del instante.

Un día, el maestro y su joven discípulo se sentaron al borde del estanque de los lotos. El agua estaba quieta, espejeando el cielo gris. Peces de colores brillantes rompían la superficie con suavidad, dibujando círculos efímeros. El discípulo, inquieto como suele estar la mente joven, cargaba con preguntas pesadas. Quería respuestas claras, líneas definidas entre la luz y la sombra.

—Maestro —preguntó, rompiendo el silencio—, ¿cuántos mundos existen? ¿Quiénes son los buenos y quiénes los malos? ¿Qué es el bien y qué es el mal?

El maestro no respondió de inmediato. En el monasterio, las preguntas no se hacen para ser contestadas con palabras, sino para ser disueltas en la experiencia. Con un movimiento lento, casi imperceptible, el maestro introdujo la mano en el agua fría y capturó uno de los peces dorados. El animal agitaba su cola, luchando por el aire.

Cerca de ellos, uno de los grandes gatos del monasterio se acercó, atraído por el movimiento. Sus ojos amarillos se clavaron en el pez con una intensidad primitiva. El maestro sostuvo el pez frente al rostro del felino y luego miró a su discípulo.

—Mira bien, joven discípulo —dijo el maestro con voz suave pero firme—. En el mundo del pez, este es un momento de terror absoluto. Se ha producido el caos. Se avecina la catástrofe, el fin de su universo, la muerte súbita. Para él, esta mano que lo sostiene es la encarnación del mal, la destrucción de su realidad.

El maestro hizo una pausa, dejando que el gato olfateara el aire, vibrando de expectativa.

—Sin embargo, observa al gato. Para él, este mismo instante es una celebración. Hay alegría, hay supervivencia asegurada, hay comida. Si yo, compasivamente, le doy el pez, habrá también gratitud y amor hacia quien provee. Para el gato, esta misma acción es la definición del bien, de la dicha, de la vida.

El discípulo miraba alternativamente al pez jadeante y al gato expectante, confundido. La misma acción, el mismo evento, era el infierno para uno y el paraíso para el otro.

—El bien y el mal no residen en los hechos —concluyó el maestro—, sino en la perspectiva desde la que se miran. No son verdades absolutas flotando en el cielo, sino juicios relativos nacidos de nuestro apego a nuestra propia supervivencia y deseo.

Con delicadeza, el maestro devolvió el pez al estanque. El animal desapareció bajo el agua, salvado. El gato, resignado pero digno, se lamió una pata y se alejó hacia el sol. Y allí, junto al agua, el discípulo comprendió que juzgar el mundo desde su propia esquina es condenarse a no ver nunca el cuadro completo.

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