Provocar y Permitir

Es sumamente difícil desprenderse del encantamiento del mundo. Nos resulta cómodo dejarnos llevar por la corriente de las circunstancias, sumergiéndonos en distracciones que adormecen nuestra atención y nos permiten ignorar aquello que nos lastima o nos desafía. Esperamos, a menudo en vano, que surja un momento mágico, una circunstancia fortuita que nos despierte de golpe. Anhelamos ilusamente un milagro celestial, una chispa divina o un encuentro inesperado que nos diga: "Por fin has despertado".

Pero esperar pasivamente es condenarse a vegetar. Es pasar por la vida sin haberla vivido realmente, dejando que los días se acumulen unos sobre otros en una gris monotonía. La verdad incómoda, pero liberadora, es que nadie vendrá a salvarnos. Únicamente nosotros podemos abonar el terreno. Únicamente nosotros podemos procurar las condiciones necesarias para que ese momento íntimo y personal sea posible.

Aquí entra en juego la primera parte del arte espiritual: provocar. No se producirá ningún milagro por sí solo si no movemos ficha. Debemos crear las circunstancias propicias: sentarnos a meditar cuando no tenemos ganas, estudiar cuando nos aburre, servir a otros cuando queremos aislarnos. Es un acto de voluntad, un empujón consciente contra la inercia de nuestros hábitos.

Sin embargo, provocar no es forzar. Y aquí llega la segunda parte, la más sutil: permitir. Una vez hemos hecho nuestro trabajo, debemos soltar las riendas. Es imposible forzar el Despertar del mismo modo que no puedes obligar a una flor a abrirse tirando de sus pétalos. Si tiras, la rompes. Debes regarla, darle luz (provocar) y luego esperar con paciencia (permitir).

El peligro reside en que, a menudo, no encontramos lo que buscamos, sino lo que somos capaces de ver. Cada persona encuentra en su camino no según sus deseos, sino según su capacidad de percepción. Si emprendemos la búsqueda con una idea fija de qué es la iluminación o qué respuesta esperamos recibir, jamás la reconoceremos, incluso si la tenemos frente a nuestras narices. Nuestra mente, experta en ilusiones, filtrará la realidad para mostrarnos solo lo que confirma nuestras expectativas.

Por eso, la clave está en provocar con determinación y permitir con mente abierta. Sin predisposición. Sin agenda oculta. Como dice el antiguo adagio zen: debes vaciar primero tu taza para poder apreciar el té que te ofrecen. Si tu taza está llena de tus propias ideas sobre cómo debe ser el té, solo beberás tus propios prejuicios. Pero si la vacías, si provocas el encuentro y permites que la realidad fluya sin filtros, quizás, solo quizás, puedas saborear por fin la esencia de las cosas.

← Volver al índice de reflexiones