La última enseñanza del Maestro Sheng Yen y la perfección del presente
El 3 de febrero de 2009, el Maestro Chan Sheng Yen partió de este mundo, dejando tras de sí un legado inmenso de enseñanzas, instituciones y vidas transformadas. Sin embargo, entre todos sus discursos eruditos y retiros intensivos, quizás su mensaje más potente fue también el más simple, resumido en un poema que escribió poco antes de morir y que se ha convertido en su epitafio espiritual: «Busy with nothing, growing old. Within emptiness, weeping, laughing. Intrinsically, there is no 'I'. Life and death, thus cast aside» («Ocupado en nada, envejeciendo. Dentro de la vacuidad, llorando, riendo. Intrínsecamente, no hay 'yo'. Vida y muerte, así descartadas»).
Esta frase, «ocupado en nada», encapsula la esencia misma de la práctica Ch'an madura. No se refiere a la pereza, la apatía o la falta de propósito. Al contrario, describe un estado de actividad intensa pero libre de apego al resultado, libre de la ansiedad del ego y libre de la dualidad entre el hacer y el ser. Es la acción que surge espontáneamente de la vacuidad (sunyata), donde el agente, la acción y el objeto de la acción se funden en una sola realidad fluida.
Estar «ocupado en nada» significa funcionar plenamente en el mundo sin la carga pesada del «yo» que cree estar haciendo algo. Cuando el Maestro Sheng Yen hablaba de esto, no estaba describiendo una jubilación espiritual, sino la forma más alta de compromiso. El bodhisattva trabaja incansablemente por el bien de todos los seres, pero como comprende que intrínsecamente no hay un «yo» separado ni seres separados a quienes salvar, su trabajo es ligero como una pluma. Es una ocupación sin ocupante, un movimiento sin motor egoico. Esta es la libertad verdadera: actuar con precisión y compasión sin quedar atrapado en la narrativa del éxito o el fracaso.
La segunda línea del poema, «dentro de la vacuidad, llorando, riendo», rompe con la idea errónea de que la iluminación implica una indiferencia emocional o una beatitud perpetua. La vacuidad no es un vacío estéril ni una anestesia sentimental; es el espacio abierto donde todas las experiencias humanas pueden ocurrir con total autenticidad. El maestro iluminado llora cuando hay sufrimiento y ríe cuando hay alegría, pero no se aferra a ninguna de estas emociones. Fluyen a través de él como el viento a través de una ventana abierta: presentes, sentidas profundamente, pero nunca posesivas.
Para el practicante cotidiano, esto es un recordatorio vital: la práctica no consiste en suprimir la humanidad, sino en habitarla sin resistencia. Las lágrimas y la risa son expresiones de la misma energía vital. Negarlas en nombre de una supuesta «paz espiritual» es solo otra forma de apego al ego. La verdadera paz incluye la turbulencia; la verdadera vacuidad abraza la forma.
La conclusión del poema, «intrínsecamente no hay 'yo'; vida y muerte, así descartadas», apunta a la realización última. Cuando se ve claramente que no existe un yo sustancial e independiente, la distinción entre vida y muerte pierde su poder tiránico. No es que la muerte deje de ocurrir biológicamente, sino que deja de ser una amenaza existencial. Si no hay nadie que nazca, no hay nadie que muera. Solo hay el flujo continuo de causas y condiciones, apareciendo y desapareciendo en la vastedad de la mente original.
El discípulo Guogu, al reflexionar sobre estas palabras tras la partida de su maestro, escribió: «Aquí o allá, dentro o fuera, estás en todas partes. Veintiocho años de vacuidad, enjugo mis lágrimas». Esta es la respuesta auténtica del estudiante: el dolor humano de la pérdida coexistiendo con la comprensión de la omnipresencia del Dharma. No hay contradicción. La práctica no elimina el amor ni la tristeza; los purifica de la ilusión de separación.
En nuestra cultura obsesionada con la productividad, el logro y la acumulación de identidad, la enseñanza de «estar ocupado en nada» es radicalmente contracultural. Nos invita a cuestionar la premisa de que nuestro valor depende de lo que hacemos o poseemos. Sugiere que podemos estar plenamente comprometidos con nuestras responsabilidades —familia, trabajo, comunidad— sin convertirnos en esclavos de ellas.
Para el guerrero moderno o el meditador urbano, esto significa cultivar una eficiencia relajada. Hacer lo que debe hacerse con toda la atención disponible, pero sin añadir la capa extra de comentario mental («¿lo estoy haciendo bien?», «¿me reconocerán?», «¿y si fallo?»). Es la diferencia entre correr tensos hacia una meta y fluir con el camino. Al final, como nos recuerda el Maestro Sheng Yen, todo es perfecto en sí mismo. Nuestra tarea no es arreglar el universo, sino despertar a su perfección inherente mientras participamos en su danza infinita.