El encuentro de Apolo y Buda en la encrucijada del mundo
A 32 kilómetros al oeste de Rawalpindi, en el Punjab pakistaní, yacen las ruinas de una ciudad que fue durante más de mil años el corazón intelectual y artístico de Asia Central. Taxila (Takshashila en sánscrito) no fue simplemente una urbe antigua; fue la primera gran universidad del subcontinente indio, el escenario del encuentro entre Alejandro Magno y el rey Ambhi, y el crisol donde la estética griega y la espiritualidad budista se fundieron para crear uno de los estilos artísticos más singulares de la historia: el arte de Gandhara.
Como relata Syed Ashfaq Naqvi, antiguo director general de Arqueología de Pakistán, Taxila floreció desde el siglo VI a.C. hasta el siglo V d.C., presenciando el ascenso y caída de siete dinastías. Sus restos arqueológicos revelan no solo una ciudad, sino tres ciudades superpuestas, cada una testimonio de una época distinta y de influencias culturales diversas.
Taxila no era una universidad en el sentido moderno con campus y aulas regulares. Era una agrupación espontánea de maestros independientes de renombre mundial, similar a las primeras etapas de Oxford o Cambridge. Los estudiantes llegaban a los dieciséis años para "completar" su educación superior, no para iniciarla. Se enseñaban artes, ciencias, medicina, derecho y estrategia militar. Los Jatakas budistas mencionan repetidamente a príncipes y brahmanes viajando a Taxila para estudiar bajo maestros famosos. Esta soberanía intelectual se extendía por todo el subcontinente.
Las excavaciones arqueológicas han revelado tres núcleos urbanos distintos:
Dispersos por el valle del Haro se encuentran numerosos monumentos budistas. El stupa Dharmarajika, erigido para albergar reliquias de Buda, es de planta circular con terraza procesional. En 1917 se halló allí una arqueta con reliquias que hoy se venera en el Templo del Diente de Kandy, Sri Lanka. El stupa de Kunala conmemora al hijo de Ashoka cegado por intrigas palaciegas, conservando bellas pilastras corintias que evidencian la fusión estilística.
Pero es en la escultura donde Taxila alcanza su máxima expresión sincrética. Las estatuas de Buda y Bodhisattvas muestran rostros con rasgos apolíneos, cabellos ondulados y togas con pliegues realistas de tradición helenística, combinados con posturas meditativas y mudras genuinamente indios. Los artistas nativos no fueron meros imitadores; introdujeron elementos nuevos expresando su propio genio. Las joyas halladas —oro y plata con técnicas de filigrana y granulado grecorromanas— y las monedas de reyes locales, partos y kushanas completan el cuadro de una civilización cosmopolita.
Taxila alcanzó su apogeo bajo Ashoka (siglo III a.C.), quien construyó monasterios y stupas tras su conversión al budismo. Luego vinieron los griegos bactrianos, escitas, partos (bajo Gondofares, quien según la leyenda recibió al apóstol Santo Tomás), y kushanas con Kanishka. La destrucción final llegó en el siglo V con los hunos blancos, que arrasaron la ciudad y sus monasterios. Cuando el peregrino chino Hiuan-tsang visitó Taxila en el siglo VII, encontró ruinas y monasterios abandonados, convertida ya en dependencia de Cachemira.
Hoy Taxila es Patrimonio de la Humanidad y centro de peregrinación turística. Pero su legado trasciende la arqueología. Nos recuerda que las grandes civilizaciones nunca son puras ni aisladas; surgen del encuentro, la mezcla y la adaptación creativa. En una era de identidades cerradas y nacionalismos excluyentes, Taxila permanece como testimonio silencioso de que la belleza más duradera nace cuando Oriente y Occidente se miran mutuamente no como enemigos, sino como compañeros de viaje en la búsqueda humana de significado y trascendencia.